Alvaro del Portillo y Africa

Quien era Alvaro del Portillo

Monseñor Álvaro del Portillo nació en Madrid (España) el 11 de marzo de 1914. Fue doctor en ingeniería de caminos, en filosofía y en derecho canónico. Se incorporó al Opus Dei en 1935 y pronto se convirtió en el colaborador más estrecho de san Josemaría. El 25 de junio de 1944 recibió la ordenación sacerdotal y se entregó con generosidad al ejercicio del ministerio sagrado. En 1946 se trasladó a Roma; desde entonces, su servicio a la Iglesia se manifestó también en la dedicación a los numerosos encargos que le confió la Santa Sede. En 1975, tras el fallecimiento de san Josemaría, fue elegido como sucesor suyo al frente del Opus Dei.

El Papa Juan Pablo II lo nombró Prelado del Opus Dei el 28 de noviembre de 1982 y el 6 de enero de 1991 le confirió la ordenación episcopal.

El gobierno pastoral de Mons. Álvaro del Portillo se caracterizó tanto por la fidelidad al espíritu y al mensaje del Fundador, como por el afán de extender los apostolados de la Prelatura, en servicio de la Iglesia. El 23 de marzo de 1994, pocas horas después de regresar de una peregrinación a Tierra Santa, el Señor llamó a su presencia a este siervo suyo bueno y fiel. El mismo día, Su Santidad Juan Pablo II acudió a rezar ante sus restos mortales, que reposan en Roma, en la cripta de la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz.

He venido aqui a aprender. El amor de Álvaro del Portillo a África

En 1989, el Venerable Álvaro del Portillo viajó a cinco países africanos donde había centros del Opus Dei: estuvo en Kenia del 1 al 10 de abril; en Congo y Camerún, del 22 al 30 de agosto; del 14 al 19 de octubre, en Costa de Marfil; y del 9 al 20 de noviembre, en Nigeria.

En todos los lugares derrochó una entrega alegre y llena de sentido apostólico. Repitió a los africanos la necesidad de saber sacrificarse por Dios y por el prójimo, con una vida de generosa oración y expiación, acompañada por un trabajo profesional serio. Les instó a mejorar la propia formación espiritual y humana, con el afán de asumir con personal responsabilidad la tarea de sacar adelante el propio país, y de hacer más fraternamente cristiana la convivencia.

Transmitió la doctrina católica y el espíritu del Opus Dei a muchos miles de personas, de toda edad y condición, de diferentes etnias y confesiones religiosas; se entrevistó con autoridades religiosas y civiles; impulsó iniciativas de carácter social, como la Clínica Monkole, en Kinshasa, que actualmente es uno de los hospitales más apreciados de la ciudad, por el nivel médico y por el servicio que presta en el cuidado de la maternidad y de la infancia más necesitada.

En todas partes, don Álvaro se encontró con el inmenso cariño que saben ofrecer las gentes africanas. En Nairobi, al comenzar la primera reunión multitudinaria, le ofrecieron alimentos típicos, le nombraron Elder –título correspondiente a un padre de familia al que se trata con sumo respeto– y le entregaron los símbolos de esa autoridad: el escudo y la lanza –que representan la prontitud y decisión para defender a su pueblo–, el bastón de mando (el flywhisk) y un carnero. En Abiyán tampoco faltaron los cantos y danzas ancestrales, acompañados por el tam-tam, y le impusieron el paño “Kita”, como símbolo de cariño y deseo de escucharle. En Ijebu Ode (ciudad nigeriana, a unos 110 km de Lagos), un grupo de muchachos vestidos con sus uniformes escolares le dieron la bienvenida con canciones, y a la sombra de un gran árbol, según su tradición, los jefes tribales le recibieron con mucho afecto.

Un momento particularmente emotivo fue la reunión que tuvo en la aldea marfileña M’Bato-Bouaké, a unos treinta kilómetros de Abiyán, con los jefes de tribu locales, que acababan de acordar la cesión de un terreno para la construcción de una casa de retiros confiada a la Prelatura del Opus Dei. Deseaban manifestar su amistad, de acuerdo con las costumbres autóctonas. Don Álvaro apreció mucho esa deferencia, y les dijo: “Extiendo mi mano como un pobrecito de Cristo para pediros la limosna de vuestra oración. Os aseguro que he venido aquí a aprender, y ya estoy aprendiendo, al ver la unión tan estupenda que tenéis entre vosotros y vuestra alegría. Ya sabéis que vengo de Roma, donde vive el Vicario de Cristo, el Papa. Antes de partir, me dijo que os trajese su cariño y su bendición, que es la bendición de Dios. Estoy seguro de que saldré de aquí enriquecido con vuestras oraciones, con vuestro ejemplo y con este cariño que me habéis demostrado. Estoy conmovido: muchas gracias”.

Don Álvaro, cuando realizó aquellos viajes, tenía setenta y cinco años y su salud estaba bastante quebrantada. Además de dolencias episódicas, de mayor o menor entidad, padecía varias enfermedades crónicas: hipertensión arterial –con riesgo constante de fibrilación auricular–, artrosis lumbar, cefaleas. Por ese motivo, para que fuera más llevadero desde el punto de vista físico, tuvo que dividir la catequesis africana en cuatro etapas, regresando a Roma después de cada viaje.

Fue un esfuerzo verdaderamente generoso, que se explica por el amor que sentía don Álvaro por el continente africano. Hasta tal punto era evidente esta realidad que, al tener noticia del fallecimiento de Mons. del Portillo, el entonces Arzobispo de Yaundé, Mons. Jean Zoa, quiso celebrar personalmente una Misa en sufragio por su alma, y en la homilía que pronunció en aquella celebración eucarística afirmó: “Don Álvaro llevaba África en el corazón”.

Los santos mantienen siempre en su vida una actitud de escucha –que es fe y humildad–, una constante disposición de aprender de los demás. Don Álvaro emprendió todos sus viajes a África con esa actitud, que había heredado de san Josemaría. Así lo comentó nada más llegar a Nairobi: “Yo he venido a Kenia a aprender, como iba el Fundador del Opus Dei a todos los sitios: a aprender”. En Kinshasa volvió a repetirlo: “Yo estoy aprendiendo mucho de vosotros, gracias al Espíritu Santo: estoy aprendiendo de vuestra generosidad, de vuestra alegría, y de tantas otras virtudes que tenéis”1. Y en Lagos: “He aprendido mucho para mi vida espiritual. He aprendido de vosotros este calor con que recibís a los huéspedes. Me habéis acogido con tanto cariño, que estoy emocionado. Y esto me obliga a rezar más por vosotros”.
D. Javier Medina, autor del libro “Alvaro del Portillo. Un hombre fiel”.